Estalla una bomba en Bogotá y la ciudadanía reacciona involucrándose masivamente en el juego del Whodunit que la bomba propone. ¿Las Farc? ¿Los narcotraficantes? ¿Los paramilitares? ¿Los militares? ¿El mismo Uribe, para advertirnos sobre lo que nos espera en un mundo sin él? Las especulaciones inútiles (llenas de humor o de drama, imaginadas hasta el último detalle o apenas dibujadas) absorben la energía social y política de la ciudadanía, impedida de crecer y desarrollarse en ningún otro espacio. La necia insistencia en resolver el acertijo cumple una función esencial: subrayar la desconfianza en las fuerzas policiales, su incapacidad para mantener la ilusión de seguridad, ilusión sin la cual la vida urbana deja de fluir hacia afuera, y se feudaliza, se repliega, se esconde en los ámbitos de la vida privada. El juego mismo es, por supuesto, la respuesta al misterio: los responsables del ataque son todos los actores involucrados en la contienda, pues a todos conviene la consecuencia más obvia, que es la desertificación del espacio público.
¿Para qué? El cuestionamiento de la representatividad sobre la cual se funda la democracia liberal ha hecho que gane importancia el espacio público como la arena donde se escenifican los intentos de la ciudadanía por participar activamente en la vida de su comunidad (o de su país): la política, ya lo dijo Hannah Arendt, nace en el entre-los-hombres; no forma parte de su esencia sino que "se establece como relación". Pero es fundamental crear los espacios y las ocasiones para que esta relación se establezca. (Tan es así que uno de los gobiernos menos democráticos que ha tenido este país montó ese simulacro de participación ciudadana que eran los consejos comunitarios —en realidad una recreación de los encuentros entre el señor feudal y sus siervos.)
Las marchas son apenas una de las posibilidades: tradicionalmente limitadas a la expresión de la protesta política por parte de grupos organizados pero excluidos del ejercicio del poder (los estudiantes, por ejemplo), las marchas han dejado de ser un pulso entre el Estado y sus opositores para convertirse en formas masivas de expresión del descontento con actores y sucesos diversos de la vida nacional (los secuestradores, por ejemplo). Pero hay muchas otras. De hecho, la simple colonización del espacio público es ya un comienzo de intervención de la ciudadanía en el devenir de su entorno. Crea, para empezar, la conciencia de la responsabilidad del espacio compartido, de su mantenimiento como un lugar limpio, por ejemplo. A partir de esa conciencia, surge naturalmente el interés por tomar parte en las decisiones que modifican dicho espacio: el ejemplo más reciente es el enfrentamiento entre los vecinos y la Ciudadela Comercial Unicentro por la construcción de una torre de oficinas en el lote, pero hay cientos de casos de intervención de la ciudadanía en decisiones que antes se tomaban entre los actores privados y las instancias de control de la ciudad.
La transformación que sufrió Bogotá en ese sentido es notoria, y aunque sin duda fue el resultado de la acción conjunta (aunque no necesariamente mancomunada) de los gobiernos municipales y de la ciudadanía, no ha sido una tarea fácil. Como lo señalaba Carolina Sanín en una columna reciente, esta es una ciudad sitiada por la suspicacia, en la cual el acceso a los espacios públicos está obstaculizado por toda clase de trámites que entorpecen el flujo urbano y enrarecen las relaciones.
No sé si sea más barato enviar un comando a un pueblo para expulsar o matar a sus habitantes, o poner una bomba más o menos inocua en una esquina cualquiera de una gran ciudad. Pero el resultado es el mismo: calles vacías y plazas desiertas, que son el escenario propio del totalitarismo; un escenario en el que los transeúntes son reemplazados por hombres armados que dicen cuidar de la seguridad (de mi seguridad), y que la ofrecen como el bien más escaso en el mundo moderno. Golpes como el de la semana pasada cumplen la función primordial de confirmar la necesidad de esos hombres armados, de sus perros con bozales y de las talanqueras que obligan al paseante a devolverse, a refugiarse en su espacio privado, y sustituyen la frágil pátina de la civilidad por el miedo y sus falsos apaciguamientos. Solo eso puede nacer del vidrio roto.
lunes, 16 de agosto de 2010
viernes, 6 de agosto de 2010
Declaración de principios
"Cero tolerancia con la corrupción, pensar siempre en el servicio a la comunidad, cultivar el pluralismo y dar más de lo que la gente espera del Gobierno": es la declaración de principios del gobierno recién elegido en Colombia.
Suena bien, pero parece difícil de llevar a cabo sin la participación activa de la comunidad, desde siempre acostumbrada a las migajas del poder y relegada al papel de espectadora (de hecho los consejos comunitarios son una maravillosa puesta escena de esta forma de ejercicio del poder).
Como abrebocas de la discusión, propongo esta entrevista con Julian Assange, de la cual extraigo una primera perla:
A way of nurturing victims is to police perpetrators.
Suena bien, pero parece difícil de llevar a cabo sin la participación activa de la comunidad, desde siempre acostumbrada a las migajas del poder y relegada al papel de espectadora (de hecho los consejos comunitarios son una maravillosa puesta escena de esta forma de ejercicio del poder).
Como abrebocas de la discusión, propongo esta entrevista con Julian Assange, de la cual extraigo una primera perla:
A way of nurturing victims is to police perpetrators.
martes, 20 de julio de 2010
Desfile del 20 de julio
Colombia celebró el bicentenario con un imponente desfile militar. Un desfile pavoroso, que nos obliga a enfrentar la realidad de la guerra que cotidianamente bregamos por dejar a un lado. Una guerra en la cual los miembros de este ejército que marcha con aires triunfales le ponen la mano a los ciudadanos injusta e impunemente.
Después del desfile militar, conciertos por todo el país: el ministerio de Cultura montará tinglados en Quibdó y en el resto del país, oiremos a Juanes (ellos en vivo, nosotros por televisión), y al otro día todo seguirá igual, aunque un poco más sucio (y la cultura seguirá siendo el recuerdo de un barco fantasma que remonta el Amazonas).
Después del desfile militar, conciertos por todo el país: el ministerio de Cultura montará tinglados en Quibdó y en el resto del país, oiremos a Juanes (ellos en vivo, nosotros por televisión), y al otro día todo seguirá igual, aunque un poco más sucio (y la cultura seguirá siendo el recuerdo de un barco fantasma que remonta el Amazonas).
jueves, 8 de julio de 2010
El ansiado regreso de la hipocresía
Hubo quienes creímos que el nombramiento de María Ángela Holguín al frente de la cancillería colombiana nos iba a proporcionar un cierto alivio, al menos en ese frente: el permanente enervamiento de las relaciones con el gobierno venezolano, producto de la insaciable necesidad de confrontación de los presidentes de aquí y de allá, entusiasma a los machos de ambos lados de la frontera, los que solo se sienten vivos cuando los espolean, pero preocupa a la mansa mayoría. Finalmente, lo único que de verdad justifica la insistencia en la ficción de la identidad nacional y las fronteras patrias es la ilusión de poder vivir en paz con los vecinos. Y esa ilusión se sostiene, como lo sabe cualquiera que haya tenido vecinos, gracias a la hipocresía que debe regir todas las relaciones para que estas funcionen amablemente y sin tropiezos.
De eso precisamente se trata la diplomacia, que recurre a fórmulas, acuerdos y gestos que reemplazan el lomo erizado y los colmillos descubiertos. Pero al presidente Uribe no le parece bien así, y declaró ayer que la diplomacia colombiana "no debe regresar a las apariencias hipócritas", y que "lo que se necesita es una solución de fondo". Bermúdez apoya desde Brasil: si a Uribe no le gustan las apariencias, a su canciller no le gusta la retórica, el otro puntal de la diplomacia (definición wikipédica de retórica: técnica de expresarse de manera adecuada para persuadir al destinatario).
Las declaraciones de Uribe, que de pasada explican a posteriori el manejo errático y agresivo de las relaciones internacionales en los últimos años, son aterradoras, sobre todo a la luz de la consistencia exhibida por el presidente a lo largo de estos años. La consistencia, por supuesto, no es una garantía moral; y el empeño de insistir en una idea hasta sus últimas consecuencias puede ser increíblemente destructivo. Pero explica sin duda la fascinación que Uribe ejerce sobre sus seguidores: nada resulta más atractivo que un líder que no duda, que no se equivoca nunca, que jamás se debata en medio de ambigüedades. Y es que el presidente Uribe es genuinamente unidimensional: lo hemos oído blandiendo sus principios como armas contra los que disienten de fronteras para adentro, lo hemos visto señalar con el dedo acusador a los que no juzga dignos de pertenecer a su patria, a los malos. De fronteras para afuera, su obsesión plana genera, como ya lo hemos visto, el desmoronamiento de las relaciones económicas, perturbaciones y enfrentamientos, incrementos en el gasto militar.
El presidente electo opinó que sería conveniente que Chávez asistiera a su posesión, y algunos creemos que también sería sano volver a la vieja práctica de las apariencias y de la retórica. Pero el presidente Uribe ha dejado bien claro que él sigue siendo el dueño del micrófono y que no tolerará disidencias en su sucedáneo. Ya veremos hasta cuándo.
De eso precisamente se trata la diplomacia, que recurre a fórmulas, acuerdos y gestos que reemplazan el lomo erizado y los colmillos descubiertos. Pero al presidente Uribe no le parece bien así, y declaró ayer que la diplomacia colombiana "no debe regresar a las apariencias hipócritas", y que "lo que se necesita es una solución de fondo". Bermúdez apoya desde Brasil: si a Uribe no le gustan las apariencias, a su canciller no le gusta la retórica, el otro puntal de la diplomacia (definición wikipédica de retórica: técnica de expresarse de manera adecuada para persuadir al destinatario).
Las declaraciones de Uribe, que de pasada explican a posteriori el manejo errático y agresivo de las relaciones internacionales en los últimos años, son aterradoras, sobre todo a la luz de la consistencia exhibida por el presidente a lo largo de estos años. La consistencia, por supuesto, no es una garantía moral; y el empeño de insistir en una idea hasta sus últimas consecuencias puede ser increíblemente destructivo. Pero explica sin duda la fascinación que Uribe ejerce sobre sus seguidores: nada resulta más atractivo que un líder que no duda, que no se equivoca nunca, que jamás se debata en medio de ambigüedades. Y es que el presidente Uribe es genuinamente unidimensional: lo hemos oído blandiendo sus principios como armas contra los que disienten de fronteras para adentro, lo hemos visto señalar con el dedo acusador a los que no juzga dignos de pertenecer a su patria, a los malos. De fronteras para afuera, su obsesión plana genera, como ya lo hemos visto, el desmoronamiento de las relaciones económicas, perturbaciones y enfrentamientos, incrementos en el gasto militar.
El presidente electo opinó que sería conveniente que Chávez asistiera a su posesión, y algunos creemos que también sería sano volver a la vieja práctica de las apariencias y de la retórica. Pero el presidente Uribe ha dejado bien claro que él sigue siendo el dueño del micrófono y que no tolerará disidencias en su sucedáneo. Ya veremos hasta cuándo.
miércoles, 23 de junio de 2010
El exilio anunciado de la jueza
"A muchos les resulta horrible la idea de regresar.
El gobierno de Kyrgyzstan
debería decirnos que volvamos,
que nos van a ayudar,
que estaremos a salvo.
¡Pero no lo hace!"
Ursanoy Mamadaliyeva , refugiada uzbeka
Ursanoy Mamadaliyeva , refugiada uzbeka
[NYT, junio 22 de 2010]
La jueza María Stella Jara salió ayer del país por amenazas.
No han pasado dos semanas desde la condena del coronel Plazas Vega por los desaparecidos del Palacio de Justicia, y la jueza ya debe empezar a cumplir su propia condena, posiblemente de por vida. ¡Y después dicen que la justicia en Colombia no es expedita!
Bastó el dedo señalador del presidente Uribe para que inmediatamente se tomaran las medidas necesarias. En este caso las amenazas fueron suficientes, según informa El Tiempo en su columna de breves (podría haber sido el asesinato a manos del Carnicero, por ejemplo, responsable del atentado contra la jueza Libreros y del asesinato del fiscal Martínez, según informa El Tiempo en la misma columna de breves).
¿Y quiénes fueron los encargados de las amenazas? No se sabrá nunca. Puede ser que en unos años se le endilgue el tema al Alemán, ex Auc que la Procuraduría ha declarado psicópata y mentiroso (más breves de El Tiempo). O a cualquier otro con un alias sugestivo o francamente gracioso. Pero no se sabrá nunca. No es tan fácil relacionar el exilio de la jueza con las declaraciones contundentes del Ministro de Defensa condenando a los tinterillos que socavan la moral de las fuerzas armadas.
El presidente Uribe se habrá levantado contento esta mañana, pensando que su patria soñada, llena de patriotas de buena fe, está un poquito más cerca.
A otros nos asalta la duda: quizás llegue el día en que nosotros tampoco llenemos los requisitos para la ciudadanía en este nuevo país.
En 2008 ya se contaban cuatro millones de desplazados: cuatro millones de colombianos expulsados de su vida, de sus afectos, de su lengua materna, de la vecindad de la escuela donde cursaron la primaria, de la plaza donde conocieron a su primer amor. Ayer se sumó a ellos la jueza María Stella Jara, informa la columna de breves de El Tiempo sin trompetas, sin podio, sin plana mayor. A pesar de la discreción, esperamos que la moral de las Fuerzas Armadas esté hoy un poco más alta. La nuestra, sin duda, no lo está.
lunes, 21 de junio de 2010
Nuestra boca es nuestra mejor arma
El 27 de febrero, faltando un poco más de tres meses para las elecciones presidenciales, la Corte Constitucional colombiana declaró inexequible en su totalidad, por violaciones sustanciales a la Constitución, la convocación de un referendo para la segunda reelección de Álvaro Uribe (en octubre de 2005 se había reformado la Constitución para permitir su primera reelección). En términos prácticos, eso supuso que fue el presidente en ejercicio quien decidió en qué términos se daría la campaña para la presidencia en 2010; supuso también que el presidente se otorgó a sí mismo, como premio de consolación por su derrota, el derecho de intervenir activamente en la campaña durante los tres meses que dejó libres para que otros candidatos pugnaran por la posición que él ocupa.
Y sin embargo, a pesar del estrecho margen de maniobra, hubo una campaña en la que se plantearon propuestas divergentes, se colonizaron nuevos espacios para la política, y se oxigenó el discurso político, abiertamente monopolizado en los últimos ocho años por el presidente Uribe, quien, en su empeño por arrasar con las Farc, impuso una retórica de guerra que giraba en torno a la patria, a la derrota del enemigo y a la urgencia bélica, que no dejaba espacio alguno para la argumentación.
El discurso de la victoria de Juan Manuel Santos, de corte francamente militarista, y con el aperitivo de los bailes folclóricos y los disfraces regionales, no parece anunciar muchos cambios. Y no hay asomo de una reflexión en torno a sus propias acciones al frente del Ministerio de Defensa (la utilización del símbolo de la Cruz Roja durante el operativo de rescate de Ingrid Betancourt, o el asesinato de civiles indefensos para sumar los cadáveres a las cuentas alegres de la lucha contra el terrorismo, o el bombardeo del Ecuador). Habló, sí, del recurso a la diplomacia en el manejo de las relaciones con los vecinos, pero habrá que ver si esta diplomacia se limita (como sucede con el presidente Uribe) a dar o pedir explicaciones por las vías diplomáticas en relación con los insultos de matón en la tribuna a los que tanto Chávez como Uribe son tan propensos y que les dan tan buenos resultados en el corto plazo.
Pero esta campaña y estas elecciones demuestran que el país sí ha cambiado (en parte, por supuesto, gracias a las acciones de Uribe). En su columna del 19 de junio Esteban Carlos Mejía afirmó que "las diferencias entre Juan Manuel Santos y Antanas Mockus "son apenas adjetivas, secundarias, individualistas". El mismo Mockus pareció confirmarlo al recurrir, entre otras, a la grosera metáfora de los huevitos, o al expresar su acuerdo con las bases militares. No obstante, tres millones y medio de personas prefirieron votar por el abanderado de la ley y de la defensa de la vida, y quizás el mérito de esos votos sí le corresponda a Uribe. Porque su gran logro, creo yo, fue desactivar la mucha o poca legitimidad amasada por la guerrilla a lo largo de décadas de enfrentamientos con el Estado en nombre de los desprotegidos. No es tolerable hoy defender el ejercicio de la violencia como forma de combatir la profunda desigualdad que caracteriza esta sociedad.
A partir de ese punto deberá empezar a gobernar Juan Manuel Santos, cuyo parte de victoria contra el terrorismo lo obliga necesariamente a ocuparse de los serios problemas que enfrenta hoy el país: los ideólogos del Partido Verde hablan en primer término del problema de la tierra, pero también de la sostenibilidad fiscal y del sistema de salud, entre otros (http://elespectador.com/columna-209565-fragil-unidad-nacional-de-santos). El Polo subraya el hecho de que "nuestro sistema económico profundiza la inequidad y no genera trabajo productivo", del acceso a la educación, del fortalecimiento de la justicia.
Nueve millones de votos no son una patente de corso: son la expresión de la esperanza de que el partido de la U está en capacidad de cumplir la segunda parte de sus promesas. Para que eso sea posible, deberá necesariamente recurrir al "intercambio de argumentos libre de presiones" que propone Mockus. Cualquier otra cosa sería la admisión definitiva de la incapacidad de superar la guerra. Y en ese caso, todas las palabras sobran.
Y sin embargo, a pesar del estrecho margen de maniobra, hubo una campaña en la que se plantearon propuestas divergentes, se colonizaron nuevos espacios para la política, y se oxigenó el discurso político, abiertamente monopolizado en los últimos ocho años por el presidente Uribe, quien, en su empeño por arrasar con las Farc, impuso una retórica de guerra que giraba en torno a la patria, a la derrota del enemigo y a la urgencia bélica, que no dejaba espacio alguno para la argumentación.
El discurso de la victoria de Juan Manuel Santos, de corte francamente militarista, y con el aperitivo de los bailes folclóricos y los disfraces regionales, no parece anunciar muchos cambios. Y no hay asomo de una reflexión en torno a sus propias acciones al frente del Ministerio de Defensa (la utilización del símbolo de la Cruz Roja durante el operativo de rescate de Ingrid Betancourt, o el asesinato de civiles indefensos para sumar los cadáveres a las cuentas alegres de la lucha contra el terrorismo, o el bombardeo del Ecuador). Habló, sí, del recurso a la diplomacia en el manejo de las relaciones con los vecinos, pero habrá que ver si esta diplomacia se limita (como sucede con el presidente Uribe) a dar o pedir explicaciones por las vías diplomáticas en relación con los insultos de matón en la tribuna a los que tanto Chávez como Uribe son tan propensos y que les dan tan buenos resultados en el corto plazo.
Pero esta campaña y estas elecciones demuestran que el país sí ha cambiado (en parte, por supuesto, gracias a las acciones de Uribe). En su columna del 19 de junio Esteban Carlos Mejía afirmó que "las diferencias entre Juan Manuel Santos y Antanas Mockus "son apenas adjetivas, secundarias, individualistas". El mismo Mockus pareció confirmarlo al recurrir, entre otras, a la grosera metáfora de los huevitos, o al expresar su acuerdo con las bases militares. No obstante, tres millones y medio de personas prefirieron votar por el abanderado de la ley y de la defensa de la vida, y quizás el mérito de esos votos sí le corresponda a Uribe. Porque su gran logro, creo yo, fue desactivar la mucha o poca legitimidad amasada por la guerrilla a lo largo de décadas de enfrentamientos con el Estado en nombre de los desprotegidos. No es tolerable hoy defender el ejercicio de la violencia como forma de combatir la profunda desigualdad que caracteriza esta sociedad.
A partir de ese punto deberá empezar a gobernar Juan Manuel Santos, cuyo parte de victoria contra el terrorismo lo obliga necesariamente a ocuparse de los serios problemas que enfrenta hoy el país: los ideólogos del Partido Verde hablan en primer término del problema de la tierra, pero también de la sostenibilidad fiscal y del sistema de salud, entre otros (http://elespectador.com/columna-209565-fragil-unidad-nacional-de-santos). El Polo subraya el hecho de que "nuestro sistema económico profundiza la inequidad y no genera trabajo productivo", del acceso a la educación, del fortalecimiento de la justicia.
Nueve millones de votos no son una patente de corso: son la expresión de la esperanza de que el partido de la U está en capacidad de cumplir la segunda parte de sus promesas. Para que eso sea posible, deberá necesariamente recurrir al "intercambio de argumentos libre de presiones" que propone Mockus. Cualquier otra cosa sería la admisión definitiva de la incapacidad de superar la guerra. Y en ese caso, todas las palabras sobran.
jueves, 17 de junio de 2010
Pan y pedazo
Tiene razón el presidente Uribe (aunque habrá que hacer caso omiso del tono chillón y desapacible, y de su imparable participación en la campaña política en curso): es oportunista el anuncio de César Gaviria, presidente del Partido Liberal hasta hace unos meses, de que votará por Santos, y desafortunada su aclaración de que espera que el candidato "rectifique algunas de las políticas del presidente Uribe".
Si la suya es una adscripción personal al candidato, al margen de las tendencias partidistas de uno y otro, no había ninguna necesidad de hacerla pública. Si es la expresión de su apoyo personal al partido de la U, no tiene ningún sentido que le pida al partido del presidente Uribe y al candidato del presidente Uribe que no apoyen las políticas del presidente que les valieron la victoria (máxime cuando Santos tiene todos los votos que necesita para las próximas elecciones). Si su declaración expresa el apoyo de una fracción del liberalismo, no parece que esta fracción estuviera en posición de imponer condiciones al apoyo explícito.
¿Qué busca el ex presidente Gaviria? Pan y pedazo. El Partido Liberal, tan acostumbrado al poder, claramente no se siente a gusto en la oposición. Prefiere participar de un gobierno en el que prevalezca "la cultura del atajo y del todo vale" (o de la buena fe y el patriotismo: depende de dónde se le mire) que constituirse desde la oposición en una opción futura de gobierno. Está jugando de segundón, como el Partido Conservador durante casi todo el siglo pasado, y aunque es evidente que no le gustan las migas, también es evidente que no quiere renunciar a ellas.
¡Lastima! Hubo un momento en los últimos dos años en el que parecía que el Partido Liberal iba a asumir un liderazgo lastimosamente perdido por la indisciplina y la arrogancia de sus copartidarios. No será así, está claro: no se oyen las ideas sobre una forma de gobierno que fortalezca las instituciones cuando uno murmura con la cabeza gacha.
Si la suya es una adscripción personal al candidato, al margen de las tendencias partidistas de uno y otro, no había ninguna necesidad de hacerla pública. Si es la expresión de su apoyo personal al partido de la U, no tiene ningún sentido que le pida al partido del presidente Uribe y al candidato del presidente Uribe que no apoyen las políticas del presidente que les valieron la victoria (máxime cuando Santos tiene todos los votos que necesita para las próximas elecciones). Si su declaración expresa el apoyo de una fracción del liberalismo, no parece que esta fracción estuviera en posición de imponer condiciones al apoyo explícito.
¿Qué busca el ex presidente Gaviria? Pan y pedazo. El Partido Liberal, tan acostumbrado al poder, claramente no se siente a gusto en la oposición. Prefiere participar de un gobierno en el que prevalezca "la cultura del atajo y del todo vale" (o de la buena fe y el patriotismo: depende de dónde se le mire) que constituirse desde la oposición en una opción futura de gobierno. Está jugando de segundón, como el Partido Conservador durante casi todo el siglo pasado, y aunque es evidente que no le gustan las migas, también es evidente que no quiere renunciar a ellas.
¡Lastima! Hubo un momento en los últimos dos años en el que parecía que el Partido Liberal iba a asumir un liderazgo lastimosamente perdido por la indisciplina y la arrogancia de sus copartidarios. No será así, está claro: no se oyen las ideas sobre una forma de gobierno que fortalezca las instituciones cuando uno murmura con la cabeza gacha.
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